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24 فروردین 1400
Por qué los primeros 3 meses de vida son fundamentales para la edad adulta

La doctora Encarna Muñoz, licenciada en Medicina y Cirugía y máster en Psicoanálisis, comienza el primer capítulo de su libro ‘El principio de la vida’ (Vergara) contando que su trabajo consiste en predecir el pasado de sus pacientes, es decir, en ver qué sucedió o no ocurrió en su infancia para que en la edad adulta se sientan libres, sin bloqueos que mermen sus deseos, y sin miedos que los mantengan en el pasado y les impidan ser felices, es decir, en descifrar qué les pasó para no alcanzar una vida plena de adultos.

Según la Agencia de Noticias infantiles,La también miembro de Gradiva (Asociación de Estudios Psicoanalíticos) y de la Federación española de asociaciones de psicoterapeutas (FEAP), considera que para ello son trascendentes los tres primeros meses de vida de un bebé porque, según justifica, es el periodo donde «se crea el psiquismo humano», de acuerdo con los últimos estudios neurocientíficos, y donde el bebé empieza a existir como un ser diferenciado de su madre. «Si esto no funciona, el resto es imposible», subraya.
A su juicio, todas las experiencias que se producen en estos tres primeros meses de vida sirven para comprender que el bebé existe de forma individual y es un ser diferente de la madre. «Es donde empieza el primer vestigio de psiquismo diferenciado porque hasta los 3 meses, aproximadamente, el niño no sabe que existe como algo separado de la madre. Piensa que es una continuación de la madre hasta el punto de que el niño cuando nace distingue a los demás pero no a la madre, puede distinguir las voces de otros, pero la de la madre es su voz, siente como ella, porque la madre le presta su psiquismo, ella interpreta por él», explica la psicoanalista.

Es más, la doctora Encarna Muñoz interpreta que en estos tres primeros meses todas las experiencias emocionales del niño con la madre se crean como rutas, donde el cerebro aprende a experimentar y a responder frente a los estímulos. «De los infinitos estímulos de la madre, en el hijo va surgiendo un determinado cerebro, ya no solo es la emoción, sino todo lo que es el crecimiento del cerebro», aprecia.
En este periodo, si la madre no está suficientemente adaptada, o no se da el mejor entorno para el bebé, Muñoz dice que el niño comprende antes de tiempo que está separado de la madre, y en los casos muy graves él crea defensas para no sentir eso, como inhibición del crecimiento, es decir, que se protege dejando de interrelacionarse con la madre, porque le hace daño.
Aquí pone el ejemplo de los niños adoptados de otros países, y con deprivaciones muy grandes, que pueden haber inhibido el desarrollo cognitivo, se pueden haber metido en su mundo interno y aparecen muchas psicosis profundas, muchos autismos: «Empiezan en la primera semana donde está más frágil. Es un momento en el que si el entorno no está adecuado es como una fractura, el niño se inhibe y más adelante es imposible desarrollar una interacción con el exterior. Viven en su mundo interno, y no hay comunicación con el exterior, porque ésta les duele demasiado. Lo hacen los bebes y no lo parece, en estos primeros momentos que es cuando más necesitan del otro».

SIEMPRE HAY POSIBILIDAD DE MEJORA

   Ahora bien, la psicoanalista defiende que «siempre hay posibilidad» de mejorar estos casos, de ‘arreglarlos’ más adelante, ya sea durante la infancia o durante la vida adulta. «El niño se adapta pero queda como un vacío, un agujero en el psiquismo. Más adelante en la vida adulta, con experiencias con sensaciones parecidas a las que tuvo en ese momento, puede surgir algo que le perturba profundamente, o bien aparece en la vida adulta en forma de somatización, en enfermedades de tipo idiopático», aclara Muñoz.
En este contexto, la doctora remarca la importancia del desarrollo de ese vínculo entre los padres y el bebé: «El vinculo emocional es el que sostiene y determina el desarrollo del niño, crece porque se siente confortable, atendido, el entorno se adapta a él. En los tres primeros meses los padres se deben adaptar a las necesidades del niño para que después desarrolle todas las aptitudes para la vida y pueda separarse. Éste es otro problema, que durante los primeros meses debe hacer algo muy fusional y después se debe saber separar la madre, y muchas no saben hoy en día».
Ahora bien, tanto una madre ausente, que no está cogida en el vínculo, en estos primeros tres meses, como una muy fusionada con su hijo pueden ser igual de perjudiciales en el desarrollo del niño, según vaticina.
Por eso, defiende, los padres deberían trabajar por mantener en estos tres primeros meses una «actitud espontánea», donde desarrollen un vínculo espontáneo con el niño y sean lo suficientemente felices cuidándolo para que este crezca a sus anchas en los tres primeros meses.
«El gesto espontáneo, con paciencia para comprender y conocerse al principio para ver qué necesita. El niño también explica porque el lenguaje del niño es claro, si la madre no está adecuada, el niño se queja pero esperará sobre todo si sabe que la madre no está tranquila, y ahí se va creando el vínculo. Si se crea mal, siempre faltará algo y no dejará que el resto funcione. Siempre queda algo que se generó mal y a lo mejor es fácil que más adelante no vaya bien», agrega la psicoanalista.
Así, la doctora reconoce que la madre aprende a ser madre de forma instintiva, «desde un lugar que no es racional», y por eso sostiene que hay que esperar a que la madre espere este sitio, desde la confianza, y desde el amor y con la atención del hijo. «Esto es suficiente para que crezca bien, darle esa seguridad y confianza en sí misma, con solo eso el niño ya está adecuadamente acogido, sostenido», asegura la experta.

No obstante, llama la atención sobre el hecho de que la madre puede ser cualquiera que haga el papel de madre, es decir, puede ser un padre perfectamente, o los padres adoptivos; teniendo en cuenta siempre que la madre es la principal porque «el niño tiene que diferenciarse del mundo desde donde sale, es acogido».
Muchas madres y la sociedad en general, según cree, no tiene conciencia de lo importante que es este periodo. «Al ver al niño no se piensa que están pasando tantos cambios y es importante saber que esto está ocurriendo, no para que nos agobiemos, sino para que estemos atentos en que es un momento crucial, en el que debe haber tranquilidad, la madre estar protegida y el padre también, se dé un buen entorno y sobre todo, que exista ese placer de cuidar al niño», mantiene la doctora Encarna Muñoz.
La llegada al mundo de un hijo, con todo lo que conlleva, implica para cada uno de los padres la reorganización de su manera de procesar la realidad, una especie de resurgimiento también para ellos, que tienen a su vez que nacer como padres. «Ser padres biológicos no convierte automáticamente a nadie en padre o madre, esta condición tan solo se gana a través de a interacción constante entre ellos y el bebé, que los capacita para la entrega y la abnegación que la crianza requiere», agrega.

A medida que esta etapa vaya evolucionando espontáneamente, el desconcierto inicial que suponen los primeros meses de vida dejará paso a una nueva condición en la que aflorará un sentimiento de pertenencia tan profundo que se pierde en la esencia de ellos mismos. «En adelante, ya no será posible pensarse sin los hijos, así se los reconoce como tales, desde el sentimiento, envolviéndolos con deseos e impulsándolos de este modo hacia la vida», considera Muñoz.
A su juicio, es vital concienciar al conjunto de la sociedad de lo importante que resulta proteger a los padres, especialmente durante las primeras etapas de crianza, con medidas políticas, como son bajas paternales y maternales, lo suficientemente prolongadas, así como ayudas sociales que permitan una adecuada dedicación. «No se puede obviar que el futuro de cualquier sociedad precisa de la salud mental de los invididuos que la componen», concluye.

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